Un periodista de Infolaft reconstruyó los hechos que antecedieron a la reseña de La Riviera y del grupo Wisa en la famosa lista del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, y narra desde la óptica de clientes y empleados el impacto de esta sanción.

 

Por: Sergio Reyes Díaz, subdirector Infolaft

 

10 minutos antes de caer en la lista

La tarde del jueves 5 de mayo de 2016 parecía igual de rutinaria a las demás tardes en las oficinas de La Riviera, ubicadas en el cuarto piso del centro comercial El Retiro de Bogotá. Sobre la 1:50 pm. muchos trabajadores seguían ingresando a sus cubículos luego de su hora de almuerzo. Un periodista, sentado en uno de los tres sillones de la sala de recepción, los observa con mucha atención.

Nota que van conversando mientras caminan por la amplia sala, adornada –cómo no- con réplicas a gran escala de perfumes Chanel, Dior y Bulgari. Unos ríen por cualquier cosa, otros tantos hablan por celular o chatean, y los demás simplemente van callados. Muchos de ellos saludan cordialmente a las dos recepcionistas de ese cuarto piso e ingresan a la oficina luego de pasar por una gran puerta de vidrio.

 

Decoración La Riviera. Foto por infolaft

 

Hasta ahora su rutina de trabajo es normal. Ninguno de ellos imagina lo que está por venir y mucho menos de dónde. Quizá en unos días extrañen esa rutina.

A más de 3800 kilómetros de distancia unos funcionarios de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, adscrita al Departamento del Tesoro de EE.UU. (Ofac por su sigla en inglés), ultiman los detalles de una poderosa sanción contra un reconocido empresario de Panamá.

Pasan 10 minutos y un funcionario estadounidense actualiza una información en un servidor, con lo cual la lista Kingpin de traficantes, también conocida como ‘lista Clinton’, queda con 78 nuevos inquilinos: 9 personas y 69 empresas. Entre ellos están Abdul Waked, uno de los hombres más ricos de Panamá, y decenas de compañías vinculadas a su poderoso grupo Wisa.

La famosa lista es en realidad una sanción administrativa del gobierno de EE.UU. contra presuntos narcotraficantes y/o lavadores de activos que, en la práctica, prohíbe a los ciudadanos estadounidenses y a las empresas que operen en ese país realizar o sostener cualquier tipo de vínculo comercial con los allí reseñados.

En Bogotá el periodista mira su celular y corrobora el dato que una fuente le había anticipado: La Riviera cayó en la ‘lista Clinton’. Es la única persona que en aquel edificio conoce la tremenda noticia. Se levanta del sillón negro, se presenta a una de las recepcionistas y pide hablar con alguien del área de prensa.

 

-¿Para qué la necesita?- le pregunta con desconcierto una de las dos recepcionistas. La que está a su lado también mira al periodista a la espera de su respuesta.

 

Como no es el momento de entrar en detalles ni tampoco de crear pánico, se limita a decir que es ‘‘para algo urgente’’.

Cuatro o cinco minutos después llega una joven y el periodista le dice que hace apenas unos segundos el Departamento del Tesoro de EE.UU. incluyó en la ‘lista Clinton’ a Abdul Waked, dueño de La Riviera en Panamá, y que necesita hablar con algún vocero para incluir su declaración en un artículo que tiene que publicar.

Ella queda atónita y no sabe qué decir. Confiesa que realmente no es la encargada del tema de comunicaciones y le suministra al periodista un número de celular y un correo electrónico. ‘‘Llámala, es la gerente de relaciones públicas y te puede ayudar’’.

Cuando ingresa de nuevo a su oficina, esa joven se adelanta al periodista y se comunica con la gerente para informarla de la situación. Desde ese instante su teléfono comienza a recibir decenas de llamadas de medios de comunicación. Para ella la noticia llega en el peor momento: justo a esa hora está afrontando una situación personal delicada en la ciudad de Santa Marta (Magdalena).

El periodista –aún dentro de las instalaciones de La Riviera- hace una llamada a la oficina de la firma Valbuena Abogados, firma que asesoró a la cadena de perfumerías en la disputa contra el grupo Uribe por la franquicia de Mango (MNG) en Colombia. Él cree que ellos ya saben de la inclusión en la lista y que pueden hablar al respecto.

Contesta una secretaria. El periodista le dice que necesita hablar con Gustavo Valbuena, el abogado que llevaba el caso. ‘‘No es posible, pero si quiere puede dejar una razón’’.

 

-Por favor dígale que Wisa acabó de caer en la ‘lista Clinton’.

-Bueno- dice la secretaria con voz tranquila, tal vez sin entender lo que acababa de escuchar.

-Es muy importante que le mencione las palabras ‘lista Clinton’- dice el periodista.

-Sí señor.

 

El periodista se queda un rato más en el mismo sillón negro de la sala de espera. Pasadas las 2:40 de la tarde timbra su celular. Al otro lado de la línea está Gustavo Valbuena, el abogado con el que hasta hace unos minutos no era posible hablar.

Con voz angustiada el jurista le dice que su secretaria le había contado lo de la reseña de Wisa en la lista y que por eso lo está llamando. Es el periodista quien le explica con detalles en qué consiste la sanción y qué implicaciones tiene. Como ningún medio había publicado algo al respecto, también le dice en qué parte de la página web del Tesoro de EE.UU. puede verificar la información.

 

Así aparece La Riviera en la ‘lista Clinton’. Tomado de web de Ofac

 

Valbuena, especializado en temas de competencia y derecho del consumidor, no puede creer lo que está escuchando y aclara que él solamente tenía un poder para representar a La Riviera en el caso Mango y que no conoce de los demás temas legales de la compañía. El periodista le dice que necesita hablar con Abdul Waked y el abogado responde que va a buscarlo ‘‘a ver qué dice’’.

Casi a las tres de la tarde el periodista presiona el botón de un ascensor para irse de aquellas oficinas, voltea a mirar hacia la recepción y nota que la jornada de trabajo sigue normal. Piensa que nadie sabe lo que está pasando y que probablemente les tomará mucho tiempo entenderlo.

 

La salida de dos directivos que generó dudas

El viernes 6 de mayo fue el último día de trabajo de dos altos ejecutivos en La Riviera: Andrés Jaimes, vicepresidente de mercadeo, y Juan Carlos Saldarriaga, gerente de la compañía.

Saldarriaga presentó al área de recursos humanos su carta de renuncia justo ese viernes –un día después de la reseña de su jefe panameño en la ‘lista Clinton’- aduciendo ‘‘motivos personales’’; pero alguien que lo conoce bien cree que la verdadera razón fue el susto que le generó la exposición a fuertes sanciones por parte de las autoridades de EE.UU. debido a que él es ciudadano americano, y como tal está obligado a cortar vínculos con cualquier persona o empresa reseñada en la lista.

Jaimes, por su parte, se salvó. Por esas cosas de la vida había presentado su renuncia varias semanas atrás y esta había sido debidamente aceptada. Se iba porque aceptaba un buen cargo en otra compañía.

La salida de estos importantes directivos (Andrés Jaimes además de manejar el área de mercadeo también estaba encargado del retail), sumada a la inclusión de Abdul Waked y La Riviera de Panamá en la ‘lista Clinton’ y a las numerosas llamadas de reconocidas oficinas de abogados ofreciendo sus servicios para sacar a la empresa de la ‘lista Clinton’, fue generando una enorme sensación de zozobra e incertidumbre entre los trabajadores de la compañía que aún hoy persiste.

Fueron muchos los juristas que se presentaron a La Riviera diciendo ser los mejores y más conocedores de los trámites de salida de la lista. Eran tan sabios que incluso uno de ellos dijo que el asunto se tenía que arreglar con dinero. Vaya experto.

 

¿Qué dicen los trabajadores y clientes?

Poco más de un mes después el periodista está preocupado porque debe entregar su artículo y sigue sin obtener respuesta de varias solicitudes de entrevista con Abdul Waked, propietario del grupo Wisa y de La Riviera.

Sin embargo, no todo es malo para él. Esa mañana de mediados de junio, en su oficina, recibe razón de un intermediario al que venía buscando: Rosa, una mujer que le compra perfumes a La Riviera para luego revenderlos a cuotas entre sus familiares y allegados.

Cuando el periodista le pregunta a Rosa si pueden hablar del tema ella dice que ‘‘no es posible: nosotros no podemos dar ninguna información, pues La Riviera no se ha pronunciado para nada con nosotros los clientes. Solo conocemos lo que se sabe por los medios’’.

 

-¿Pero ustedes siguen con la relación comercial normal con ellos?

-Sí señor.

 

No hay más preguntas.

Ante la falta de información y debido a que está próximo el día del padre, el periodista decide que es momento de comprar un regalo. Se le ocurre que un perfume sería una buena opción.

A las 11 de la mañana entra a la pequeña tienda de La Riviera ubicada en el primer piso del centro comercial Salitre Plaza, cerca de unas escaleras eléctricas. En el lugar hay seis personas: tres vendedoras, una administradora y dos clientes, o mejor dicho, un cliente, porque el otro es un periodista.

Una señora mayor está con su esposo junto a la caja de la tienda. ‘‘Nooo, van a acabar con La Riviera’’, dice, mientras la cajera la mira en silencio.

 

-Quiero comprarle un perfume a mi papá, pero no sé cuál llevarle- le dice el periodista a la vendedora que lo atiende.

Ella, una joven de unos 23 años, aplica un poco de perfume Issey Miyake en un trozo de papel blanco y se lo pasa al periodista para que conozca la fragancia.

 

-El día de hoy estamos recibiendo solo pago en efectivo y se te entrega el 20% de descuento.

-¿Y eso?

-No tenemos en el momento línea de Redeban – El periodista le va a preguntar algo más, pero ella se aleja para buscar otro perfume.

 

Mientras la vendedora aplica un poco de Chanel en otro papel blanco, se oye al lado a la señora mayor decir: ‘‘quién sabe a dónde la iré a conseguir; difícil. Pues bueno, ya será lo último que compre de eso porque ya qué’’. Parece que solo en esa tienda aquella mujer conseguía un producto importante. Paga una cuenta de 882 750 pesos en efectivo y se va junto con su esposo.

Por su parte, la joven vendedora le dice al distraído periodista que el Chanel no tiene descuento porque es una marca de lujo y ‘‘ellos no lo permiten’’.

El perfume de la caja más grande cuesta 587 000 pesos, mientras que por la pequeña hay que pagar 335 000 pesos.

 

-También hay Bulgari, en esta sí se te aplica el descuento – dice, y se va a buscarlo cerca de la puerta de salida de la tienda.

-¿Será que más tarde no se arreglan los datáfonos?- pregunta el periodista.

No, es que estamos sin datáfono. Como tal, el datáfono no está.

 

El periodista parece caer en la cuenta de algo: ‘‘¡ah! ¿fue por esa vaina de esa noticia?’’

 

-Sí.

-¿Pero luego no afectaba solo a los de Panamá?

-Se suponía, pero el rumor es como tal don Abdul y el dueño de La Riviera… y todos cortaron.

 

Foto Summa

 

Ella tiene razón: todos cortaron. Lo hicieron porque a pesar de que La Riviera Colombia no está reseñada directamente en la ‘lista Clinton’, al sí estar su dueño involucrado muchas entidades financieras aplican la desconocida ‘regla del 50%’ de la Ofac (oficina que administra la lista), consistente en que todas aquellas propiedades que pertenezcan a un sancionado en un 50% o más se entienden como indirectamente afectadas y deben ser bloqueadas.

La vendedora se anima a enseñar otro perfume. El periodista huele y dice que le parece muy dulce.

 

-Las de Dior son más dulces, no tan frescas.

Hasta ahora la que más le gusta al periodista es la de Chanel, pero no tiene con qué pagarla. Para irse ‘zafando’, pregunta: ¿esta es Chanel número algo?

-No, es Chanel allure extream.

 

Mientras se devuelven hacia adentro de la tienda el periodista se anima a volver a tocar el tema de la ‘lista Clinton’: ¿y ahí con ese rollo qué les han dicho a ustedes o qué?

 

-Nada, ellos no dicen nada- responde con cierta rabia.

-¿Y ustedes, los que trabajan, qué?, ¿no les han dicho si cierran o algo?

-Lo que sabemos es por lo que vemos en Internet.

 

Ella lo decía porque hasta ese momento no les había llegado el comunicado interno 06 de La Riviera en el que agradecen a los trabajadores ‘‘su lealtad y compromiso con La Riviera a pesar de la difícil situación por la cual estamos atravesando por estos días’’ y en el que además sostienen que ‘‘la instrucción del Sr. Abdul Waked es proteger a los colaboradores’’.

 

-¿Y ya han cerrado tiendas?- pregunta el periodista sabiendo de antemano la respuesta que le darán.

-Los duty free ya los cerraron.

-¿Y la gente de ahí, qué?, ¿salió a volar?

La vendedora responde: ‘‘no, la reubicaron’’, pero lo dice sin mayor convicción y sin conocer los detalles.

 

El mismo comunicado 06 sostenía que ‘‘por causas ajenas a nuestra voluntad y propias del pánico que ha suscitado en el mercado, nos hemos visto obligados a realizar el cierre de algunos de los locales que tenemos en arriendo’’; sin embargo, ‘‘por orden expresa de nuestro presidente ningún colaborador va a ser despedido, mientras la situación así lo permita’’.

Justo en ese instante entra otro cliente y el periodista no quiere quitarle más tiempo a la joven.

 

-Me gustó la Chanel, ¿dónde hay cajeros?

-Sales y coges a mano izquierda: están al fondo.

 

El periodista sale de la tienda y ella se queda con la esperanza de la venta y con la incertidumbre de no saber qué pasará con su trabajo. En ese momento en las oficinas de La Riviera autorizan vacaciones atrasadas de trabajadores para aplazar los inminentes despidos, los cuales, como decía el comunicado, no se concretarán ‘‘mientras la situación así lo permita’’.

Después de varias semanas muchos trabajadores siguen sin comprender bien en qué consiste la ‘lista Clinton’ y qué pasará con su futuro laboral, igual que aquella tarde en la que la noticia les cayó encima.