Hace algunas semanas los periodistas Eccehomo Cetina y Camilo Chaparro publicaron El Dorado de las Farc, un libro que, a pesar de tener un título atractivo, apenas se limita a reconstruir la ya conocida historia de la ‘caleta’ que unos soldados hallaron en la semana santa del año 2003.

 

‘‘El banco secreto de la guerrilla en la selva’’: esta es la frase que acompaña al título del libro y que en primera instancia le genera al lector una gran curiosidad.

Al comprarlo se piensa que allí habrá grandes revelaciones acerca de la riqueza de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), tema que tomó vigencia desde el pasado mes de abril tras la publicación de un artículo en la revista The Economist y que sostuvo que hasta el año 2012 ese grupo ilegal tenía unos U$10 400 millones de dólares.

El libro arranca bien: los autores sostienen que la minería ilegal fue el negocio que hizo cambiar de postura a los jefes de las Farc, quienes ahora necesitan la paz debido a que han entrado en una etapa de ‘‘industrialización y capitalización’’ de sus canteras.

Según se lee, los comandantes más viejos se cansaron de ‘‘echar bala’’, mientras que los integrantes más jóvenes ven la guerra como algo inviable. Además, les preocupa que Venezuela ya no es un escondite seguro porque ‘‘el colapso en el vecino país se aproxima deprisa’’.

La tesis del negocio minero es interesante y hasta cierto punto novedosa. Sin embargo, los autores se quedan allí y no la desarrollan. No dicen cuántas minas tienen las Farc, desde cuándo poseen las propiedades y cuánto dinero generan. Tampoco explican cómo funciona el negocio, quiénes participan y mucho menos si hay confluencia con otros actores (legales o ilegales).

El lector está esperando más información sobre este negocio ilícito cuando los autores sueltan otra bomba: la mayoría de la carne que se consume en el Valle del Cauca es producida por las Farc. Sostienen que la agrupación ilegal posee grandes fincas ganaderas en las selvas del Yarí y que las reces son transportadas ‘‘por medio país’’ a la vista de las autoridades.

Pero también se quedan ahí, en el dato espectacular que no tiene mayor sustento ni explicación. 

Las páginas siguientes se dedican a relatar el drama vivido por numerosas familias de secuestrados que pagaron por la liberación de sus seres queridos, pero que nunca los tuvieron de vuelta porque los ‘intermediarios’ que recibieron el dinero decidieron robárselo y reportar a las Farc que los familiares se negaron a entregar los recursos.

Posteriormente los dos periodistas se enfocan en recontar la vieja historia de las dos unidades militares que en el año 2003 se encontraron una ‘caleta’ de las Farc, de la cual se apropiaron y por la que fueron condenados por la justicia.

Los comunicadores ahondan un poco en las tragedias personales detrás de ese caso y describen las pésimas condiciones en las que esos militares se encontraban al momento del millonario hallazgo, pero no hay detalles nuevos ni mayores revelaciones.

En síntesis, El Dorado de las Farc queda en deuda con sus lectores. Eso sí, hay que aplaudir la audacia de los autores para hacer la publicación justo cuando el debate sobre la fortuna de las Farc está encendido. Lástima que ellos aporten poca información en la búsqueda de la verdad, algo que mencionan como su principal pretensión.