El último escándalo de corrupción en las Naciones Unidas pone el dedo en la llaga en los organismos de carácter multilateral.

 

Por: Paola Ochoa Amaya*

 

Tenía razón el difunto Hugo Chávez: en las Naciones Unidas huele al azufre del demonio. Pero del demonio de la corrupción, las coimas y las mordidas. Así quedó claro hace unos días, cuando seis miembros de la ONU fueron capturados en Estados Unidos por recibir sobornos. Entre ellos el expresidente de la Asamblea General, John Ashe, equivalente en términos futbolísticos al Joseph Blatter de la Fifa.

La historia parece de Hollywood:  John Ashe y sus secuaces recibieron 1,3 millones de dólares en sobornos de Ng Lap Seng, un excéntrico billonario chino. Un villano con negocios inmobiliarios en varios países del mundo, que habría sobornado a los diplomáticos de la ONU a cambio de favorecimiento de contratos en diferentes lugares. Desde la construcción de centros de convenciones en Kenia y Bangladesh, hasta la asignación de estadios en República Dominicana y Antigua, este último el país natal del expresidente John Ashe. 

Según el fiscal de Nueva York que presentó la querella criminal en una Corte de Manhattan, Praad Bharara, la plata del soborno se lavó a través de dos cuentas bancarias en Estados Unidos. De ellas se sacaron millones de dólares para la compra de todo tipo de  excentricidades y loberías: relojes Rolex, carros de lujo, trajes hechos a la medida en Hong Kong, viajes a hoteles de 900 dólares la noche y membresías en un club campestre de Carolina del Sur. También salió la plata para la construcción de una cancha de baloncesto de 60.000 dólares en la casa de Ashe, a las afueras de Nueva York.

No es la primera vez que un escándalo de corrupción toca las puertas de un organismo multilateral. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio están llenas de historias de hipocresía, desprestigio y corrupción.

Media humanidad recuerda por ejemplo a Paul Wolfowitz, el ex director del Banco Mundial que se hizo famoso por tener las medias rotas y por subirle el sueldo repetidamente a su novia dentro del banco. O qué tal las dos joyitas que han pasado como directores del Fondo Monetario:  Rodrigo Rato –detenido en España por evasión fiscal y lavado de dinero—y Dominique Strauss Kahn –envuelto en un escándalo de violencia sexual-. Ambos dilapidaron sus meteóricas carreras por su obsesión por la plata y el sexo, los dos principales pecados capitales de los criminales de cuello blanco.

Hasta la actual directora del FMI, Christine Lagarde, es investigada en Francia por beneficiar a un polémico empresario amigo de Nicolás Sarkozy durante el tiempo que fue su Ministra de Finanzas. Se trata de un supuesto fallo arbitral a favor del magnate Bernar Tapie, en el año 2008. El caso podría desembocar en una condena por actuar en contra de los intereses públicos, un delito que en Francia está penalizado hasta con 10 años de prisión.

Si esto pasa en estas multilaterales que son ejemplo de seriedad en todo el planeta, ¿qué más se puede esperar del resto de instituciones y gobiernos a lo largo y ancho de la tierra? ¿no sé supone que la ONU, el Banco Mundial y el FMI son los dueños de la moral? ¿no son acaso esas las instituciones más imparciales, transparentes e incorruptibles del planeta?

Que digan que la Fifa es un nido de ratas lo entiendo. Al fin y al cabo el negocio del fútbol ha estado históricamente relacionado con criminales y narcos. Pero que éstos organismos  con sede en Washington y Nueva York sean los nuevos nidos de la corrupción es algo que me ofende profundamente. No hay derecho a que nos salgan con esto. Ya tenemos bastante con los malos de siempre, como para que también nos toque preocuparnos por los diplomáticos alrededor del mundo.

 

Paola Ochoa

@PaolaOchoaAmaya

 

*Paola Ochoa es una reconocida periodista económica. Fue directora de Revista Dinero entre 2010 y 2014, además de editora económica de la Revista Semana. Ganadora en 2013 del Premio Simón Bolívar de Periodismo por la investigación del caso Interbolsa.